A veces te odio... a veces te quiero.
Parecen más las veces que quiero destrozarte, pero en realidad son aún más las veces que quiero abrazarte.
A veces odio que me hagas llorar por idioteces y a veces quiero que seques mis lágrimas.
A veces odio que tengas la razón y quiero que también entiendas cuando te equivocas.
Realmente me pones mal a veces... y otras veces me haces llegar al cielo.
No eres perfecto, tampoco yo... y aún sabiéndolo aspiro a la perfección.
¿Por qué te soporto?
¿Por qué te quiero?
No puedo responder, simplemente lo hago.
Podría buscar a alguien que se acerque más a mi ideal, que no tenga tantos defectos, que sea constante y leal... pero no.
Te quiero a ti, por que eres diferente... por que eres real.
domingo, 18 de septiembre de 2011
sábado, 17 de septiembre de 2011
Carta a un respetable caballero...
Estimado y respetable caballero:
Disculpe usted el atrevimiento de mis labios de besarlo y no detenerse; le aseguro que es un acto en contra de mi voluntad, pero no puedo garantizar que no se repita...
Disculpe que lo tenga en mis pensamientos noche y día, que sea el objeto de mi pasión desenfrenada y, al mismo tiempo, de mi odio e instinto asesino.
Permítame confesarle, sin deseo de ofenderle, que quiero acabar con su vida; quiero batirme en un duelo con usted, tener una batalla bajo las sábanas y arrebatarle hasta el último aliento con un beso.
Dígame qué puedo hacer para no tener estos malos pensamientos, para tener un correcto comportamiento en su presencia. Déme un consejo, pues en presencia de la gente usted sabe disimular muy bien las ganas.
¡Pero que vergüenza! Seguro pensará que estoy loca, pero de todo esto usted tiene la culpa.
Sin remordimiento alguno gritaré al mundo que es usted un cruel ladrón que se ha llevado mi corazón, un secuestrador que me tiene cautiva en sus brazos y un timador que me ha mostrado una nueva forma de ver el mundo.
Así es, usted tiene la culpa de todo...
Disculpe usted el atrevimiento de mis labios de besarlo y no detenerse; le aseguro que es un acto en contra de mi voluntad, pero no puedo garantizar que no se repita...
Disculpe que lo tenga en mis pensamientos noche y día, que sea el objeto de mi pasión desenfrenada y, al mismo tiempo, de mi odio e instinto asesino.
Permítame confesarle, sin deseo de ofenderle, que quiero acabar con su vida; quiero batirme en un duelo con usted, tener una batalla bajo las sábanas y arrebatarle hasta el último aliento con un beso.
Dígame qué puedo hacer para no tener estos malos pensamientos, para tener un correcto comportamiento en su presencia. Déme un consejo, pues en presencia de la gente usted sabe disimular muy bien las ganas.
¡Pero que vergüenza! Seguro pensará que estoy loca, pero de todo esto usted tiene la culpa.
Sin remordimiento alguno gritaré al mundo que es usted un cruel ladrón que se ha llevado mi corazón, un secuestrador que me tiene cautiva en sus brazos y un timador que me ha mostrado una nueva forma de ver el mundo.
Así es, usted tiene la culpa de todo...
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