Estimado y respetable caballero:
Disculpe usted el atrevimiento de mis labios de besarlo y no detenerse; le aseguro que es un acto en contra de mi voluntad, pero no puedo garantizar que no se repita...
Disculpe que lo tenga en mis pensamientos noche y día, que sea el objeto de mi pasión desenfrenada y, al mismo tiempo, de mi odio e instinto asesino.
Permítame confesarle, sin deseo de ofenderle, que quiero acabar con su vida; quiero batirme en un duelo con usted, tener una batalla bajo las sábanas y arrebatarle hasta el último aliento con un beso.
Dígame qué puedo hacer para no tener estos malos pensamientos, para tener un correcto comportamiento en su presencia. Déme un consejo, pues en presencia de la gente usted sabe disimular muy bien las ganas.
¡Pero que vergüenza! Seguro pensará que estoy loca, pero de todo esto usted tiene la culpa.
Sin remordimiento alguno gritaré al mundo que es usted un cruel ladrón que se ha llevado mi corazón, un secuestrador que me tiene cautiva en sus brazos y un timador que me ha mostrado una nueva forma de ver el mundo.
Así es, usted tiene la culpa de todo...
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